Ninguna lengua es más antigua que otra: una introducción a la endocronía
Ninguna lengua es más antigua que otra: una introducción a la endocronía
¿Cuál es más antiguo, el griego o el latín?
Casi todo el mundo responde que el griego. El griego micénico está escrito en tablillas de Lineal B hacia el 1400 antes de nuestra era; el latín no aparece por escrito hasta el 600. Ocho siglos de diferencia. Parece que no hay discusión.
La hay. La pregunta no tiene respuesta, porque no es una pregunta sobre lenguas.
Lo que pasó ocho siglos antes no fue la lengua: fue el archivo. Los antepasados de quienes hablaron latín estuvieron hablando exactamente el mismo número de años que los antepasados de quienes hablaron griego. Ni uno más, ni uno menos. Alguien, en el Egeo, tuvo un sistema de escritura y un motivo administrativo para usarlo; en el Lacio eso pasó más tarde. Esa es toda la diferencia.
«El griego es más antiguo que el latín» es un enunciado sobre bibliotecas disfrazado de enunciado sobre lenguas.
Propongo separar lo que se confunde. Llamo exocronía al tiempo de fuera: la fecha del primer documento, el calendario — una propiedad del papel. Llamo endocronía al tiempo de dentro: cuánto se ha movido cada parte de la lengua, a qué velocidad, bajo qué presión — eso sí es una propiedad de la lengua. Y llamo filocronía a la profundidad de la cadena de transmisión, porque hay sistemas con fecha de aparición identificable: los criollos, la lengua de señas nicaragüense, el esperanto. Lo que sostengo con precisión es que la profundidad filocrónica de una comunidad no se infiere de su fecha exocrónica.
Cada uno es antiguo exactamente donde el otro es moderno
Miremos las lenguas en lugar de las fechas. El latín conservó las labiovelares indoeuropeas (quis), la s- inicial (septem) y la w (uīnum); el griego innovó en las tres (tís, heptá, oînos). Pero el griego conservó la voz media, el optativo, el dual y la distinción aoristo/perfecto; el latín las perdió o las fundió todas.
El griego es arcaico en el verbo e innovador en los sonidos. El latín es arcaico en los sonidos e innovador en el verbo. Preguntar cuál es más antiguo es como preguntar si un edificio es más viejo por los cimientos o por el tejado.
Ninguna lengua tiene una edad. Cada componente tiene la suya.
Y el fenómeno no se detiene entre lenguas: baja hasta la palabra suelta. El verbo inglés to be parece un verbo y son tres raíces: *h₁es- (am, is), *h₂wes- «morar, residir» (was, were) y *bʰuH- «crecer» (be, been). Quien dice I was está diciendo «yo residí», incrustado en el hueco del pasado de un verbo que no tiene nada que ver. Y nadie lo nota. En español pasa lo mismo con soy / fui, o con voy / fui / iré: tres verbos repartiéndose los huecos de uno.
Y hay más estratos escondidos a la vista. El superlativo de pobre no está formado sobre pobre: paupérrimo viene del latín pauper traído de vuelta por el libro mil años después de que la misma palabra bajara por la boca. Mil años de desgaste y un préstamo de biblioteca del Siglo de Oro, en tres sílabas. Y como la Academia acepta hoy también pobrísimo, los dos estratos están compitiendo delante de nosotros.
Estas palabras no tienen una edad. Tienen un espesor.
El número que zanja el asunto
En 1962, Bergsland y Vogt probaron la glotocronología donde se podía verificar. Del nórdico antiguo salen el noruego y el islandés: mismo punto de partida, mismo milenio transcurrido. El noruego conserva alrededor del 81 % de aquel vocabulario; el islandés, más del 95 %. Cinco veces más lento. Y si se aplica el método al islandés, dirá que se separó hace menos de doscientos años: se equivoca por un factor de cinco, y por una razón exacta — confunde cambio con tiempo.
Lo que produce el cambio no es el calendario, sino la estructura social: tamaño de la comunidad, densidad de redes, contacto y, sobre todo, adultos aprendiendo la lengua desde fuera, como predice la tipología sociolingüística de Trudgill. El griego se transforma de verdad en la koiné helenística; el latín, con la expansión imperial. Misma causa, fechas distintas — y de esa diferencia nace el espejismo de que una es más moderna que la otra.
Qué propongo que midamos
En lugar de una edad, un perfil endocrónico: no un número, sino un vector — una velocidad para la fonología, otra para la morfología, otra para la sintaxis, otra para el léxico. Así «el islandés es arcaico» deja de ser una frase y pasa a ser un perfil: muy conservador en morfología, bastante menos en fonología, y con una ortografía quieta que exagera las dos cosas.
Esto me permite además cerrar una frontera que llevaba tiempo borrosa. La diacronía objetiva no deja recuerdos en el hablante: deja contrastes estructurales sincrónicos — arcaísmo, novedad, rareza, solemnidad, opacidad. La endocronía estudia la arquitectura temporal objetiva; la endolingüística estudia cómo esa arquitectura se experimenta psíquicamente.
El término es nuevo; el aparato no. Ensambla la sincronía permanentemente dinámica de Jakobson, la tipología sociolingüística de Trudgill y la estratificación diacrónica: tres cuerpos de trabajo que existen y que nadie había apuntado juntos, de frente, contra el mito de la edad de las lenguas.
Texto completo de la conferencia: Ninguna lengua es más antigua que otra: una introducción a la endocronía (PDF)